CLAIRE LIPPMANN: CERÁMICA

 

                                                                        Por Dionicio Morales

 

            De algún tiempo a esta parte, en el transcurso del siglo XX

hasta nuestros días, hemos sido testigos de cómo ha crecido el

número de las mujeres en el mundo que han encontrado en el arte

de la cerámica su forma de expresión, sin dejar de lado las manos

que a través de los siglos han acompañado a los hombres –ambos

nacidos del mismo barro, según la tradición judeocristiana, amasados

por el primer escultor- en el viejo y maravilloso oficio de la

artesanía, primero como apero utilitario en las cosas diarias de

la existencia, y después encontrándole una nueva aplicación a su

idea, ya se trate de fines rituales u ornamentales, para hacer más

habitable la vida e imponer, a través de los materiales elegidos

–o a la mano- objetos que trascendieron su creación original y se

instalaron en otros territorios modernos, como por ejemplo la

arquitectura.

            Dentro de estas mujeres –para regresar al punto de partida,

aunque deberíamos decir con todas las de la ley artistas- Claire

Lippmann, artista francesa radicada en México con estudios sobre

 arte en la ciudad de Nueva York, así como con el maestro ceramista

Gustavo Pérez en nuestro país, nos muestra sus trabajos más

recientes en la Galería de la Fundación Sebastian, A. C. Si recordamos

la obra anterior en la cerámica de Lippmann ya conocida –ella además

graba y dibuja-, se debe de mencionar un cambio por demás importante logrado en poco tiempo en su expresión, trátese de una creación 

con varios elementos, o de una  obra solitaria y acabada, en las que

saltan a la vista una mayor decantación de las formas y una severa –llamémosle así- delicadeza y, si se quiere, una adquirida sapiencia

a la hora final de modelar el barro y de imponer criterios. 

            Esa sapiencia  de Claire Lippmann, esa pasión en una etapa

plena de madurez que desborda en cada uno de sus proyectos, en

sus series, en sus piezas, se vislumbra con diafanidad y certeza

en su exposición CLAIRE LIPPMANN: CERÁMICA, en la que

los espectadores tendrán ante sí un caleidoscopio, mágico sí, pero

terrenal –porque el origen de todos estos proyectos es el barro-.

La ceramista ha declarado que en este delirante oficio de amasar

no sólo el barro sino las formas, navega como pez en el agua; y

yo agregaría como galgo en la tierra, como águila en el viento y

como salamandra en el fuego; por ello la naturaleza sintetizada en

los cuatro elementos, como cuatro puntos cardinales, presiden los

actos de su vida en el arte. Y no sólo porque en el ejercicio

ancestral de la cerámica tiene que estar en contacto con estos

elementos que le son necesarísimos para forjarla –barro, agua, viento,

fuego- que ella maga, apresa, o mejor fuera decir encierra, en el

mejor de los sentidos, en una idea, que después repartirá entre

los veedores irredentos, sino también porque su espíritu no descansa

en paz.

            Si quisiéramos adentrarnos -que no definir- en las obras de

Claire Lippmann que forman esta exposición, no titubearía en

escribir tres palabras de manera categórica: lirismo, concepto,

sensualidad. Confieso que fueron las primeras palabras que me

sonaron en el pensamiento después de una re-visión meticulosa con     

la complicidad siempre alerta de la mirada, transmitiendo, como en

el cinematógrafo, después de un oscuro relampagueante, la luz,

aunque debo reconocer que su expresión global provocará otras

tantas disertaciones al respecto, según la percepción personal de

cada veedor.

            ¿Por qué lirismo? Porque aquí esa palabra no está utilizada

como el sentido empírico que conocemos, ya que Claire Lippmann

es una ceramista respaldada por estudios profesionales, además

de su destreza primero experimental y después experimentadora

–que no es lo mismo-, en su labor de algunos años. Una artista

experimental investiga, tantea, intenta; una creadora

experimentadora propone y practica con cierto conocimiento de

causa una nueva expresión. Lirismo en el sentido de imprimir a

sus piezas una desbordada o desmedida pasión creadora,

en la que se derraman “asuntos personales”, intensos, próximos

a la ensoñadora percepción de la poesía. Concepto porque en

la obra va encubierta la permanente abstracción de la idea o de

las ideas, ya que pueden ser varias, sin olvidar que la sola palabra

-concepto-, por muy “intelectual” que nos suene cuando se trata de

hablar de una obra de arte en particular, también puede alertarnos,

depende de la mano maestra que la forme, sobre la imaginación y

el razonamiento, dos puntos aparentemente antagónicos pero que

al referirnos a este rubro se complementan. Sensualidad porque

en el acabamiento de las obras, en la parte exterior de su forma,

se adivina o se imagina –porque se ve y se siente- la mano femenina

que la creó con delicadeza de la que salen los aires, las vibraciones,

los rumores secretos que la envuelven en su concepción. Las

texturas, a la vista, o sugeridas por trazos y colores, son el reflejo

más fiel, el esqueleto de la belleza a la vista de todos que emerge

de la pieza arrastrando una música antigua –el barro es parte de

la entraña de la tierra- que en cada mirada se convierte en nueva.

Las “Cáscaras”, para no mencionar otras obras de Lippmann, son

una hermosa y talentosa muestra de ello.           

            Pero para Claire Lippmann la belleza –que ya es bastante-

no lo es todo. En su trabajo, algunas de sus obras nos remiten

a los fósiles que, como sabemos, son huesos o huellas de

animales que vivieron hace miles de años y que por lo general

se encuentran al cavar, ya sea en las profundidades o en cierta

superficie de la tierra. . Por eso el regreso a los orígenes, la

preocupación de desentrañar la historia de las razas. Esta

predilección de la ceramista tiene mucho que ver con su celo

personal y artístico sobre “el principio de la creación y los

elementos vitales de la vida”, es decir sobre los fundamentos

de la naturaleza, sin olvidar a los hombres y a las mujeres actuales en parejas,

idealizados, esbozados, en contornos, en una extraordinaria

aplicación de relieves en “hilos de barro”, donde mucho tiene

que ver el dominio del dibujo.

            En esta exposición de Claire Lippmann, con proyectos

individuales, con cuadros que hospedan a una gran cantidad

de pequeños elementos para definirlos en una sola propuesta, con obras

dentro de un marco final que nos recuerda las soluciones de

una “instalación”; con sus vasijas que hablan su propio idioma

-¿cuál es?-; con su serie de “Nidos”, recordándonos

la otra teoría, la de Darwin; con reminiscencias milenarias y

alientos poéticos, podernos recordar, como un homenaje al

barro, un verso de la poeta Dolores Castro: La tierra está

sonando